lunes, 3 de julio de 2017

Del Ego infantil a la madurez espiritual

“Yo sé que esto es una reacción infantil, pero no sé cómo ser madura”, me dice una consultante, luego de contarme cómo estuvo llorando sin parar por una situación que no puede manejar de otra forma.

La palabra YO nos da la ilusión de que hay UNO.  Somos una multitud.  Cantidad enorme de Aspectos conviven en nosotros: el miedoso, el soberbio, el generoso, el sádico, la víctima, el trabajador, el vago, el iluminado, el orgulloso y podría seguir hasta llenar páginas.  Las voces de todos ellos nos hablan constantemente y nos confunden, nos limitan, nos enloquecen, nos aclaran, nos ayudan, nos constituyen.

Basta que queramos tomar una decisión para que aparezcan: “No puedo”, dice el Miedoso; “¡Qué fantástico!”, dice el Arriesgado; “Sería un buen aprendizaje”, dice el Sabio; “Es muy complicado”, dice el Lógico y así cada uno de nuestros personajes se presenta con su punto de vista y, más de una vez, terminamos tan aturdidos que no hacemos nada.

Para complicarla, la mayoría de estos Aspectos se han quedado en la niñez.  Fueron moldeados a través de las experiencias acumuladas hasta los ocho años y reaccionan de una manera infantil, con las mismas emociones de cuando teníamos cuatro.  Aquí observamos otra ilusión: la de que somos adultos.  Somos niños en cuerpos grandes. 

Esto sucede porque dejamos de crecer.  Nos llenamos de información, de carreras universitarias, de teorías, de modelos externos, de “deber ser, tener, hacer”, pero no hemos evolucionado como individuos.  Interiormente, en la realidad, seguimos atados a lo que nuestros Niños Internos todavía no pudieron sanar ni elaborar.



¿Es malo tener un Ego lleno de Aspectos?  ¿Hay que negarlo, destruirlo, ensalzarlo?  No, hay que reeducarlo.  Cuando un consultante me cuenta que sus voces internas lo vuelven loco (de miedo, de posibilidades, de rabia), le pregunto qué hace y normalmente me dice que nada, que no puede con eso, que es más grande que él, que no se le ocurre cómo soltarse, que es así, que siempre fue así…

En el fondo, está diciendo que es un niño impotente.  Y, en cierto forma, lo es, porque nunca lo ayudó a crecer, no lo confortó, no lo contuvo, no le mostró otras variables, solamente le siguió la corriente.  “Si fuera tu hijo y comenzara a correr por la habitación, gritando y rompiendo todo, lleno de miedo, ¿solo lo mirarías, sin hacer nada?”, le pregunto.  “Por supuesto que no, lo detendría y le hablaría hasta calmarlo, lo abrazaría”, me dice.  “Entonces, ¿por qué no haces lo mismo con tus Aspectos?”.  Ellos quieren ayudarnos pero no saben cómo porque lo que aprendieron no nos sirve ahora.

El Ego es un instrumento del Alma.  Nos permite aprender a ser Creadores Responsables.  Cuando no lo usamos de esa forma (y casi nadie lo hace), es un amo destructivo y temeroso, exigente e impotente, sometido por la familia y la sociedad.  Se cree el Dueño y es solamente el Sirviente (una multitud de sirvientes en realidad).  Podríamos comenzar por establecer un Mayordomo, que ponga orden y sepa su lugar.

La mente es el dominio del Ego y debe ser reeducada para ser un Testigo objetivo y eficiente, que observe la dualidad y encuentre una síntesis que la trascienda.  Las emociones son una enorme fuente de energía y motivación que deben ser sanadas y reconducidas.  Gastamos grandes sumas de dinero en tonterías y perdemos el tiempo en cosas que no nos dejan nada más que insatisfacción, confusión, vacío, frustración.  Seguimos un modelo que es básicamente destructivo y desempoderante. 

Si realmente deseamos ser felices, plenos, abundantes, luminosos, es necesario que lo prioricemos, que toda nuestra vida se reconduzca hacia la consciencia, el cuerpo, el presente, la reeducación, la sanación, el amor.  El Ego le debe servir al Alma.  Nuestro diseño original tiene ese propósito.  Comencemos.